Amb la lectura d’aquest text de l’Ivan Illich encetem una secció sobre el pas del temps, dins del blog d’Uniterra. Una reflexió sobre la condició humana que passa per l’acceptació dels límits i del nostre origen terrenal. Una mirada que veu els processos de desintegració de la matèria, el canvi i la transformació, com a font de saviesa, valorant el pas del temps com a mestre primer de la nostra naturalesa essencial.

Com entendre que buidar-se és un guany i retirar-se l’acció més plena?

En el sentit etimològic de la paraula contingència “cum-tangere” llegim la condició humana com la inseparable relació entre la certesa de la finitud i l’experiència de l’infinit. També l’arrel de la paraula humà, humus: nascuts de la Terra, ens parla d’una gran matriu entreteixida que constitueix el vincle entre tots els éssers vius.

Sostenir-se en els límits no implica renunciar a l’anhel d’absolut, ben al contrari, és la manera que tenim els humans d’intuir-lo. Es tracta de l’art immemorial de mantenir la mirada en l’infinit des de l’atenció sencera al moment que vivim. En aquest arc de la consciència ens movem essent el marge de la nostra capacitat de comprendre. Un marge suficient, si l’explorem no de manera extensa, sinó intensa.

 


 

Declaración de Hebenshausen sobre el suelo

El discurso ecológico en torno al planeta tierra, el hambre global y las amenazas a la vida, nos impele a mirar al suelo, de un modo humilde, como filósofos. Estamos plantados en el suelo, no en la tierra. Del suelo venimos y al suelo arrojamos nuestros excrementos y restos. Y no obstante es muy notable que el suelo, su cultivo y nuestras ataduras con él, estén ausentes en el universo de los asuntos que ha puesto en claro nuestra filosofía de tradición occidental.

Como filósofos, exploramos bajo nuestros pies porque nuestra generación perdió su asentamiento en el suelo y la virtud. Por virtud nos referimos a la forma, orden y dirección de las acciones vinculadas con un lugar, acciones documentadas por la tradición y que adquieren su ser por las opciones asumidas dentro del alcance habitual de quien actúa; nos referimos a la adopción de prácticas reconocidas mutuamente como buenas dentro de una cultura local compartida, y que enfatiza las memorias de ese lugar.

Hacemos notar que tal virtud la encontramos tradicionalmente en las labores, los oficios, la vivienda y el sufrimiento, sustentados no por una tierra, un ambiente o un sistema de energía abstractos, sino por el muy particular suelo que estas mismas acciones han enriquecido con sus rastros. Y empero, pese a este fundamental vínculo entre el suelo y el ser, entre el suelo y el bien, la filosofía no ha generado conceptos que nos permitan relacionar la virtud con el suelo en común, algo totalmente diferente de la conducta administrativa en un planeta compartido.

Fuimos arrancados de los vínculos con el suelo, de las conexiones que limitaban la acción —lo que hacía posible una virtud práctica— cuando la modernización de plano nos aisló de la mugre, del agobio, de la carne, del suelo y de la tumba. La economía en que nos absorbieron, a algunos sin saberlo, a otros con alto costo, transforma a las personas en fragmentos intercambiables de población, regidos por las leyes de la escasez.

Los hogares y los ámbitos comunes son apenas imaginables para las personas enganchadas a los servicios públicos y estacionadas en cubículos amueblados. El pan es un mero comestible cuando no calorías o simple forraje.

Hablar de amistad, religión o sufrimiento conjunto como una suerte de convivialidad, una vez que el suelo ha sido envenenado y cubierto con cemento, parece un sueño académico para la gente esparcida al azar en vehículos, oficinas, prisiones y hoteles.

Como filósofos, enfatizamos el deber de hablar del suelo. Para Platón, Aristóteles y Galeno, ello se daba por sentado; no es así ahora.  Se pierde de vista el suelo en que crece una cultura o se pueden cultivar granos cuando se le define como un complejo subsistema, sector, recurso, problema o “granja” —como tiende a hacerlo la ciencia agrícola.

Como filósofos nos resistimos a los expertos ecológicos que predican respeto por la ciencia pero fomentan un desdén por la tradición histórica, por las cualidades locales y la virtud terrena de fijarnos límites entre nosotros mismos. Con tristeza pero sin nostalgia, reconocemos la preteridad del pasado. Entonces, con poca confianza intentamos compartir lo que vemos: algunos de los efectos de que la tierra haya perdido suelo. Y nos fastidia el desdén por el suelo que observamos en el discurso de los ecologistas de pizarrón. Somos también críticos de muchos bien intencionados románticos, ludditas y místicos que exaltan el suelo y lo hacen la matriz, no de la virtud como la planteamos, sino de la vida en abstracto. Por tanto lanzamos un llamado a constituir una filosofía del suelo: un análisis disciplinado de aquella experiencia y memoria del suelo sin las cuales no pueden existir ni la virtud ni alguna nueva suerte de subsistencia.

 

Sigmar Groeneveld, Lee Hoinacki, Ivan Illich

Hebenshausen, Alemania, 6 de diciembre de 1990

Traducción: RVH