¿Cómo entender que vaciarse es una ganancia y retirarse la acción más llena?
En el sentido etimológico de la palabra contingencia “cum-tangere” leemos la condición humana como la inseparable relación entre la certeza de la finitud y la experiencia del infinito. También la raíz de la palabra humano, humus : nacidos de la Tierra, nos habla de una gran matriz entretejida que constituye el vínculo entre todos los seres vivos.
Sostenerse en los límites no implica renunciar al anhelo de absoluto, al contrario, es la forma que tenemos los humanos de intuirlo. Se trata del arte inmemorial de mantener la mirada en el infinito desde la atención entera en el momento que vivimos . En este arco de la conciencia nos movemos siendo el margen de nuestra capacidad de comprender. Un margen suficiente, si lo exploramos no de forma extensa, sino intensa.
Declaración de Hebenshausen sobre el suelo
El discurso ecológico en torno al planeta tierra, el hambre global y las amenazas a la vida, nos impele a mirar al suelo , de un modo humilde, como filósofos. Estamos plantados en el suelo, no en la tierra. Del suelo venimos y al suelo arrojamos nuestros excrementos y restos. Y sin embargo es muy notable que el suelo, su cultivo y nuestras ataduras con él, extiende ausentes en el universo de los asuntos que ha puesto en claro nuestra filosofía de tradición occidental.
Como filósofos, exploramos bajo nuestros pies porque nuestra generación perdió su asentamiento en el suelo y la virtud. Por virtud nos referimos a la forma, orden y dirección de las acciones vinculadas con un lugar, acciones documentadas por la tradición y que adquieren su ser por las opciones asumidas dentro del alcance habitual de quien actúa; nos referimos a la adopción de prácticas reconocidas mutuamente como buenas dentro de una cultura local compartida, y que enfatiza las memorias de ese lugar.
Hacemos notar que tal virtud la encontramos tradicionalmente en las labores, los oficios, la vivienda y el sufrimiento, sustentados no por una tierra, un ambiente o un sistema de energía abstractos, sino por el muy particular suelo que estas mismas acciones han enriquecido con sus rastros. Y sin embargo, pese a este fundamental vínculo entre el suelo y el ser, entre el suelo y el bien, la filosofía no ha generado conceptos que nos permitan relacionar la virtud con el suelo en común, algo totalmente diferente de la conducta administrativa en un planeta compartido.
Fuimos arrancados de los vínculos con el suelo, de las conexiones que limitaban la acción —lo que hacía posible una virtud práctica— cuando la modernización de plano nos aisló de la mugre, del agobio, de la carne, del suelo y de la tumba. La economía en que nos absorbieron, a algunos sin saberlo, a otros con alto costo, transforma a las personas en fragmentos intercambiables de población, regidos por las leyes de la escasez.
Las hogares y los ámbitos comunes apenas son imaginables para las personas enganchadas a los servicios públicos y estacionadas en cubículos amueblados. El pan es un mero comestible cuando no calorías o simple forraje.
Hablar de amistad, religión o sufrimiento conjunto como una suerte de convivialidad, una vez que el suelo ha sido envenenado y cubierto con cemento, parece un sueño académico para la gente esparcida al azar en vehículos, oficinas, prisiones y hoteles.
Como filósofos, enfatizamos el deber de hablar del suelo. Para Platón, Aristóteles y Galeno, esto se daba miedo sentado; no es así ahora. Se pierde de vista el suelo en que cree una cultura o se pueden cultivar granos cuando se le define como un complejo subsistema, sector, recurso, problema o granja —como tiende a hacerlo la ciencia agrícola.
Como filósofos nos resistimos a los expertos ecológicos que predican respeto por la ciencia pero fomentan un desdén por la tradición histórica, por las calidades locales y la virtud terrena de fijarnos límites entre nosotros mismos . desdén por el suelo que observamos en el discurso de los ecologistas de pizarrón. virtud ni alguna nueva suerte de subsistencia.
Sigmar Groeneveld, Lee Hoinacki, Ivan Illich
Hebenshausen, Alemania, 6 de diciembre de 1990
Traducción: RVH
