Solsticio de verano

Reflexiones

Sentada entre los restos de los cimientos de la antigua ciudad de Lauro , rodeada de un bosque magnífico lucido con arqueta, retama, romero, menta boscana y pixallits; las rocas me impactan.

La primavera las ha tragado, pero todavía se aprecian las paredes de piedra sabiamente colocadas para que sigan en pie, después de casi treinta siglos… ¿Cómo sabían cuál era la forma óptima de construir? ¿Utilizaban cálculos? ¿O se guiaban por otra mente?

En medio de estas imaginaciones recuerdo que mañana es día de solsticio y que además tendrá lugar un eclipse solar. ¿Lo sabían, los íberos, cuándo ocurría así, aún sin poder apreciarlo desde nuestra tierra?

Me gusta decir “nuestra tierra”. Es la misma arena, la misma piedra, el mismo Espíritu del lugar que nos observa, cuida y guía . A mí, a ti, ya los antepasados ​​íberos que habitaban las tierras de Llerona.

Me lo parece cuando resuenan en mí los mismos ciclos que veo fuera, en el yo que llamamos naturaleza . Cuando mi primavera se convierte en verano y todo lo que planté y creció se convierte en frutos que puedo compartir con los que quiero y me rodean. Cuando el sol me llama afuera y me cura heridas con su calor. Cuando acepto que no siempre se puede brillar con fuerza y ​​que en los días turbios me permiten el caos y el reposo.

Siento el latido de la Vida en mí , cuando me doy cuenta de que en ciertas constelaciones (sociales) se da la alineación para que pasen cosas importantes, y en otras, buenas dosis de aprendizaje.

Cuando me doy cuenta de que tanto si estoy en expansión, en fluir o en frialdad helada; soy la misma agua, que circula, riega y nutre.

Emmirallo el equilibrio entre cantar y callar, jugar y serenar, inspirar y expirar, crecer y descomponerme, pausa y acción; que tanto me impacta en el salvaje.

En momentos de solsticio, todos estos espejos se me hacen más evidentes. Se me ofrece de nuevo la oportunidad de participar en la melodía entre ritmos.

Y de repente me siento ridícula yendo a dormir y levantándome tanto a destiempo con el sol. ¡Pierdo el ritmo!

Quizás éste es uno de los mayores síntomas de civilización y, a la vez, de desconexión: ir a destiempo . Superar los días de lluvia como si no ocurriera nada. Y dormir cerrados mientras afuera la luna llena vibra.

La misma luna , exactamente la misma luna, que seguro el pueblo de los layetanos contemplaban embobados. Y el mismo sol , exactamente el mismo sol, al que debían dar las gracias por madurar el fruto de los viñedos. Exactamente aquí, donde seto hoy.

 

Texto: Agnès Ramos

Fotografía: Marc Guardia y Llorens

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